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Poco a poco nos íbamos integrando en el ambiente suizo, pero sin olvidar nunca ni la elegancia tanto propia ni la que se llevaba en aquellos tiempos. ¿A ver quien se pone hoy a cenar con la corbata puesta, por muy recién llegado que venga uno del trabajo? Eran otros tiempos y formas de ser, que hoy ya no se llevan, y que en determinadas casos y cosas se echan de menos. Esta foto da idea de la forma de vivir que había en ese Chalet Fridbach, donde en esa mesa tan larga había sitio para todos y nunca faltaba algo de comer y, por supuesto, de beber. Tengo muchísimos recuerdos, aparte de las imágenes, de comidas multitudinarias.

Yo era un pinta de mucho cuidado, y como siempre he tenido espíritu aventurero, y con tanto campo y cosas por ver, un día, ni corto ni perezoso, me trinqué el monedero de mi madre, una lata de sardinas y me eché a andar. Cuando se dieron cuenta de mi ausencia, aquello fue, según siempre me han contado, un sinvivir, hasta que de pronto alguien se dio cuenta que en el colegio salesiano que había mas abajo, había un niño en una ventana y ese elemento era yo. Las monjas que había allí, en vista de que hablaba poco y no sabían quien era, pensaron colocarme allí a ver si alguien me identificaba. Os podéis imaginar la que había liado hasta que volví al Chalet. Ya me había perdido con escasos 9 o 10 meses en Nervión, en Sevilla, o sea que la cosa venía de lejos.

Y ahí comenzaron los paseos familiares y con amigos, tanto en las cercanías como la vaquería que había enfrente, como por el bulevar del lago de Zug, subidas al Zugerberg y, ya puestos, porque no a otros lugares, siendo el primero la ciudad de Zurich, a la que fueron en tren, y aquí están mis padres delante de la estación, estación que por cierto sigue tal cual se ve en la imagen, y los tranvías también, porque si las cosas sirven, ¿por qué hay que cambiarlas? Y eso es lo que mas me sigue gustando de mi país de adopción, Suiza, donde en mis varios viajes realizados recientemente, hay tantas cosas que siguen igual, que es muy fácil trasladarse mentalmente al pasado y revivirlas.

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En 1962 empezaron a llegar al Chalet Fridbach los primeros emigrantes que, como ya dije, eran mayormente españoles, y mayoritariamente además sevillanos. Entre ellas estaban algunas de las personas que nos iban a acompañar durante muchos años, y afortunadamente aún siguen hoy.

Llegaron José Flores y Heriberto Gómez, que creo recordar que estuvo un tiempo corto en Unterägeri con Else Carranco y José Rojas, pero no estoy muy seguro. Casualmente, a Heriberto lo conocía mi madre del Cerro del Águila de Sevilla, pues ambos habían vivido allí y, si mal no recuerdo, había estado trabajando en una droguería. Aquí los podéis ver jugando a los bolos en Zug con mucho estilo.

Y siguieron llegando nuevos «inquilinos», sobre todo hombres, porque las pocas mujeres fue con permiso especial, pero no me acuerdo de todos los nombres, solo de algunos. Uno de los mas antiguos, pues vino con nuestro padre desde Sevilla, ya que trabajaba en la fábrica de contadores, fue Ricardo, pero creo que estuvo poco tiempo porque yo ya lo recuerdo con su mujer, de nombre Pepita creo recordar, y claro allí no podían estar, pues solo era para solteros, así que en cuanto decidían casarse se tenían que buscar otra vivienda, y se dieron algunos casos, como fue el de Carmeli, futura esposa de José Rojas y de Pepita, futura esposa de Else Carranco.

Pero mientras tanto, aquello daba lugar a celebrar, como ya os comentaba, cualquier evento, la birra no faltaba, ni el tapeo, fuera un santo, un cumpleaños, la feria o cualquier otra situación, que para eso somos los mejores los españoles y, sobre todo, los andaluces, y ahí os dejo algunos ejemplos.

Y ahora entiendo porque muchos que escribían postales desde España o desde cualquier sitio, llamaban a los del Chalet LOS LOCOS. Ahí os dejo postales de Salvador, a quien mi madre conocía de Málaga, y que tiene su historia particular, de Tellechea, experto en Electrónica ya en aquellos años y de alguien que no se quien es, desde Barcelona.