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No quiero olvidar un hecho que a la larga tendría bastante influencia en nuestro futuro, y es el recuerdo de que por aquellas fechas mi madre ya había empezado a tener problemas de reuma, y su médico de cabecera, el querido Dr. Rösli, de Oberwil, les aconsejó un especialista en Zurich y así fuimos varias veces a Zurich a acompañarla, pero a nosotros nos sirvieron para ir al cine a ver películas de Disney, ir al Jelmoli, etc. A ella le ponían unas inyecciones especiales, que le ayudaban y aliviaban sus molestías, pero todos los médicos le decían que el clima suizo era el peor para ella, y seguramente al percatarse que era española, le aconsejarían que para su enfermedad el mejor clima era el español, y mucho mejor el de Sevilla, de interior, que el de Málaga, en costa y con humedad. En fín, algo influiría en las decisiones que tomaron.

Y otro que tampoco olvido es que en mi clase había algún que otro elemento al que yo no le caía bien, bien por ser extranjero, bien porque era más bien tímido, el caso es que un día en el gimnasio de Loreto, y tras dejar todos los alumnos, como siempre, los relojes en un rincón, al ir a recuperar el mio, alguien había rayado con una cruz el cristal de mi reloj, que además no era suizo, sino japonés, que lo habían comprado mis padres en España. Y aunque el profesor intentó averiguar quién había sido, o mas bien, que lo confesara, porque asi todos sabíamos quien había podido ser, no lo consiguió, y aunque me fastidió mucho el reloj, aquello no me llegó a afectar demasiado, sobre todo porque tenía algún que otro amigo que si me apoyaba, además de mi amigo de siempre Walter Saxer.

Y llegaron las fiestas navideñas, que se volvieron a celebrar con todos los que por allí andaban, la familia Flores, Heri y Manuela, la familia Garrido y, por primera vez, Jerónimo Barroso, que vivía en Oberwil, vecino de Flores y Julia, junto con su esposa Beatriz, y también la hermana de ella. Ese fue el año del maniquí para mi madre, el magnetófono REVOX y el lienzo para el proyector de las diapositivas para mi padre, los esquíes para mi hermano Pepe y para mí, junto con las botas que sirvieron para que mi hermano Jorge y Luis Flores hicieron de las suyas, y muchos regalos para todos.

En Nochevieja, la reunión fue más reducida, en familia y con Heri y Manuela solamente, y como había bastante nieve, los niños más pequeños disfrutaron de sus trineos en las rampas que también tenían su peligro, porque normalmente más que nieve lo que había era hielo y daba lugar a algunos batacazos de campeonato.

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Durante nuestra estancia en Sevilla había llegado una nueva familia española con la que íbamos a tener contacto hasta nuestro regreso, y era la familia Barroso, que se habían asentado en Oberwil. Ellos son Jerónimo y Beatriz, y allí entraron en contacto con la familia Flores, lo cual fue un alivio para ellos, el tener otros españoles cercanos, sobre todo para Beatriz, que desconocía totalmente el idioma. Como consecuencia, también los llegamos a conocer y así hasta hoy, que seguimos manteniendo el contacto, primero fundamentalmente mis padres, y en la actualidad yo los sigo viendo cuando vienen a España, pues tienen vivienda cerca de mí en Málaga.

Después de este inciso sigo con el relato de aquella época, y es que a nuestra vuelta de esas largas vacaciones, llegamos justo a tiempo de celebrar el 1er cumpleaños de José Luis Garrido, y para no perder las buenas costumbres, nos llegaron postales desde La Coruña de la familia Lombao, desde la Costa Brava de una amiga del trabajo de mi padre, Annelies Gügler, y como yo, casi sin tiempo de volver de las vacaciones, me había marchado con mi curso de campamento escolar, que recuerdo muy bien por cierto, desde Preda envié una postal donde se ve el Albulapass, entre otros.

Otra cosa que se estaba volviendo habitual era el torneo de fútbol que organizaba la empresa y donde las diferentes secciones hacían equipos de 6 jugadores, y mi padre al  que le encantaba el fútbol, y ya había jugado en el equipo español, se apuntó este año. Aparte se organizaba un “Grümpelturnier” donde se podían apuntar equipos de futbol pequeño de cualquier edad, pero eso no tenía nada que ver con lo que organizaba la empresa Landis&Gyr.

Por aquellas fechas, además de echar algunos ratos en el “molinillo” de las especias, también me dio por repartir propagando en bicicleta por la ciudad de Zug, y mi madre aún tenía guardado el recibo de uno de aquellos “trabajitos”, a nombre de mi padre naturalmente, porque a mi nombre no podía estar. Para mi aquello era más diversión que obligación, y además lo hacíamos muchos muchachos de mi edad y mayores, y aunque lo primero que hacía era dejar el dinero en casa a mi madre, también es verdad que a mí todo aquello me sirvió a la larga para comprarme una barca neumática, que de lo buena que es aun la sigo disfrutando, y no sé si los esquíes o las botas de esquiar, y seguramente alguna cosa más.

Uno de los recuerdos que  perduran en mi mente, fue la escapada de fin de semana que hice con Heri en su coche al Lauerzersee, aprovechando que en las Navidades pasadas nos habían regalado a mi hermano Pepe y a mí una tienda de campaña que para nosotros era superchula. Y tengo muy buen recuerdo, porque esa tarde-noche entraron en la arboleda que se puede ver al fondo como un millón o dos de pájaros, que estuvieron piando hasta altas horas de la noche. Y no exagero en la cantidad, ojalá  Heri pudiera dar fe de ello. Lo pasé muy bien, hicimos una  pequeña barbacoa que pusimos delante de la tienda para que nos diera un poquito de calor, porque tuvimos la mala suerte de que lloviera, y así aquello se convirtió en un barrizal, pero lo pasé de lujo. ¡Quien pudiera repetir todo eso!