Suiza 1963_3

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Y llegó la apoteosis, o sea, el frío, la nieve y el hielo. Desde mediados de Enero empezó a bajar la temperatura, estando durante muchos días entre -10 grados, llegando hasta -20 grados algunas noches, con lo cual a principios de Febrero llegó a helarse el lago completamente. Es lo que allí llamaron “Seegfrörni”.

Mi madre recuerda asomarse una mañana por la ventana y no saber si había perdido la cabeza o tenía visiones, eso es lo que ella nos contaba. Porque les decía a los demás que había visto alguien andando por el lago, y claro, aquello sonaba raro. Había que ser muy creyente para creer eso, así que le tomaron un poco el pelo.

Pero cuando bajaron al lago y se acercaron y  vieron que, efectivamente, el lago estaba totalmente congelado, y había gente que ya se había aventurado a andar por encima, e incluso a patinar, no hubo manera de retener a nadie caminando por el hielo.

O sea, que a pasear, a hacer fotos, alguno a hacer el oso o el ganso y, como el frío da ganas de orinar, pues allí estaba yo haciendo de las mías, para variar.

Aunque yo también tenía mis momentos de tranquilidad, no os vayáis a creer, pero es que eran más divertidas las trastadas y  gamberradas, y si era en compañía de mis hermanos, mucho mejor.

Pero como aquello es Suiza, rápidamente la policía del lago se convirtió en la policía del hielo y puso un poco de orden y control, porque aunque parecía seguro caminar por el hielo, no había que olvidar que el lago de Zug es uno de los más profundos de Suiza, alcanzando los 198 metros, y por donde andábamos fácilmente podía haber 40 o 50 metros. Y después existía el peligro de grietas que con esa superficie no era fácil de tener controlado. Así que, solamente se podía andar durante el día y cerca de las orillas, por si acaso. De hecho, a principios de Marzo un ciclista que volvía de Walchwil a Zug, por el lago, que también eran ganas, pues hay una carretera muy apañada, se cayó en una grieta a la altura de Oberwil y se ahogó.

Y con eso se acabó la diversión, porque a partir de ahí el lago empezó a perder parte de la capa de hielo y empezó a verse agua de nuevo, cosa que agradecieron los patos y supongo que los peces también, aunque la gente no tanto. Y ahí se acabó ese suceso, que desde entonces no se ha vuelto a repetir, es decir, el lago de Zug no ha vuelto a congelarse desde entonces, aunque si el de Ägeri varias veces, pero es que es bastante mas pequeño y menos profundo, y está a mas altitud.

Suiza 1963_2

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A finales de Enero, principios de Febrero, nuestros padres aprovecharon algún fin de semana para coger el tren e irse a Lucerna con Heriberto, ciudad que está a unos 30 kms al sur de Zug, a mas o menos la misma distancia que está Zurich, hacia el Norte.

Tenía que hacer bastante frío, de hecho se ve que estaba todo nevado, pero además Lucerna está junto al lago de los 4 cantones, donde de por si hacía fresquito, y ese rio es el Reuss que sale del lago de Lucerna normalmente con bastante corriente, hace en una parte de su recorrido frontera entre el cantón de Zug y de Aargau y desemboca en el rio Aare (de ahí el nombre del cantón o del río), que es el que pasa por Berna y entra y sale del lago de Biel, pero eso ya lo veremos en otro capítulo.

El puente que se ve detrás de ellos es el famoso puente de la capilla (Kapellbrücke) y la torre del agua (Wasserturm). El puente es todo de madera y es muy famoso por las pinturas que hay en las traviesas del techo, que son antíquisimas, y pintadas sobre madera.

Y llegó el carnaval, que es un acontecimiento muy especial en toda Suiza, celebrándose con mucha fanfarria y pasacalles. Son famosos los locos (Narren), que nos daban bastante miedo, y las agrupaciones de música (Guggenmusiker) y, por supuesto, todas las carretas que entonces sacaban a las calles. Nosotros teníamos la costumbre de ir a verlo a Baar, al lado de Zug.

Y en el Teatro Casino, que aún sigue estándo en el mismo sitio, cerca del lago, pegado a la Artherstrasse, se solían celebrar unos bailes de Carnaval y, como no podía ser de otra manera, allá que iban a bailar, a pasarlo bien y a disfrazarse los que querían, aunque no veo por la foto que mis padres se disfrazaran, pero si nos disfrazaron a nosotros y a la hija de José Rosal.

Qué bien lo pasábamos todos, los niños por supuesto, pero los mayores también, descubriendo un mundo nuevo, diferente al de España.

Y no repetiré de decirle, pues siempre he estado convencido de ello, que si bien para nosotros los niños aquello fue el paraíso, para los adultos también tuvo que serlo de algún modo, viniendo de donde venían y habiendo pasado lo que habían pasado.