El marcharse nuestra familia a Suiza fue porque en Sevilla había una filial de la fábrica suiza Landis & Gyr, llamada la fábrica de contadores, que estaba cerca de donde vivíamos en Nervión y, tras una entrevista y ofrecerle a nuestro padre un puesto de trabajo económicamente interesante, tomaron la decisión final de emigrar. Casualmente, al mismo tiempo emigraron también Vicente Díaz y Ricardo López, que se conocían de Triana, de la Hispano-Aviación.
Nuestro añorado y llorado hermano Pepe fue el que sufrió este cambio tan radical, pues él ya había comenzado el colegio en Sevilla (ver foto), y para colmo hasta el año 1971 en Suiza los cursos comenzaban en primavera, es decir, que cuando llegamos ya había empezado el curso, y ninguno hablábamos alemán o suizo, por lo que, además del aprendizaje en la calle jugando, tuvieron que ponerle un profesor para que aprendiese lo más rápido posible y se incorporase cuanto antes, pero se perdió casi medio curso, retraso que arrastraría durante algunos años.
Estuvimos viviendo en Steinhausen, en la calle Neudorfstrasse, durante 1961 y, salvo lo contado antes, yo pocos recuerdos tengo de esa estancia, tampoco dio tiempo a hacer muchos amigos, pero si pudimos disfrutar de los alrededores, verde y con mucha vegetación y algunos animales.
Ya a principios de 1962 le ofrecieron a nuestro padre mudarse al Chalet Fridbach, antigua vivienda de uno de los dueños de la fábrica donde trabajaba, la familia Gyr, con el ofrecimiento de que nuestra familia ocupara la planta primera, y en el resto de la casa vivirían otros emigrantes, y aunque mayormente iban a ser españoles, también hubo de otras nacionalidades.
Pero siempre bajo la tutela y supervisión de nuestros padres, mayormente nuestra madre, pues era la única familia española que había por allí en aquellos momentos. Ella, por su forma de ser y viendo el personal que iba viniendo, prácticamente se convirtió en la madre o hermana mayor de todos los jóvenes emigrantes que fueron llegando. Allí hubo españoles de casi todas las regiones, pero también italianos, franceses e incluso una sueca, una tal Larson.
Y aunque no era su obligación, allí creo que se comía lo que la «señora de la casa» hacía, fuera cocido, puchero, lentejas o paella. La sensación que nosotros, los pequeños, teníamos, era que estábamos rodeados de tíos y tías, y aquella era lo más parecido a una comuna que yo recuerde, pero en buen sentido. Aquello era una piña y siempre había algo que celebrar, que si un cumpleaños, que si un santo, que si era Feria en Sevilla, alguien nuevo que llegaba, incluso una despedida de soltero, y el espíritu español, sobre todo andaluz y sevillano se notaba.











